• REVISTA DESPERTA FERRO HISTORIA MODERNA 36 LOS SITIOS DE ZARAGOZA

    DESPERTA FERRO Ref. 8477730811855 Ver otros productos de la misma colección
    Si los asedios fueron una rara avis en las Guerras Napoleónicas, aquellos en los que los defensores resistieron a ultranza, contra viento y marea, lo fueron aún más. Es por ello que los Sitios de Zaragoza, a los que la capital aragonesa fue sometida, entre junio de 1808 y febrero de 1809 por la Gran...
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  • Descripción

    • Encuadernación : GRAPAT
    • Idioma : CASTELLÀ
    • Número de páginas : 0
    • Colección : REVISTA DESPERTA FERRO HISTORIA MODERNA
    • NumeroColeccion : 36
    • Fecha de edición : 01/10/2018
    • Año de edicion : 0
    Si los asedios fueron una rara avis en las Guerras Napoleónicas, aquellos en los que los defensores resistieron a ultranza, contra viento y marea, lo fueron aún más. Es por ello que los Sitios de Zaragoza, a los que la capital aragonesa fue sometida, entre junio de 1808 y febrero de 1809 por la Grande Armée de Napoleón, han pasado a la historia y se han convertido en un hito de la Guerra de la Independencia. Zaragoza no era Stralsund, Almeida o Magdeburgo; en lugar de fortificaciones modernas de estilo Vauban, sus defensas se reducían a las tapias de antiguos conventos en las que fue necesario abrir aspilleras para los fusiles y la artillería. La ciudad tampoco disponía de un gran número de tropas regulares bien adiestradas; sus defensores, aunque numerosos, eran en gran medida los propios vecinos y paisanos de la región circundante que carecían de uniformes y entrenamiento, a los que se agregaron restos de unidades dispersas e incluso ancianos oficiales retirados que, en la hora de la necesidad, desempolvaron sus viejos uniformes. Estos defensores no contaban con un líder curtido; José de Palafox, un joven oficial de las Reales Guardias de Corps sin experiencia en combate, fue elegido por el pueblo enfervorizado para dirigir la defensa. Y, a pesar de todo, Zaragoza salió vencedora del primer sitio y, en el segundo, cuando Napoleón era dueño de Madrid y los ejércitos españoles habían sido diezmados, obligó a dos cuerpos de ejército franceses, que hubieran sido útiles en otros puntos, a librar durante dos meses, ante una plaza con defensas improvisadas y precarias, una de las luchas más atroces y agónicas de la época, “de casa en casa, de piso en piso, de aposento en aposento –en palabras del francés Rogniat–, exponiéndose a la explosión de las minas que los tragaban y abandonando las ruinas de la infortunada ciudad solo cuando se habían convertido en cementerio”.

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