En julio de 1791 un desconocido vestido de gris tocó a la puerta del domicilio de los Mozart. Representaba a un noble que deseaba encargar un réquiem para una persona muy querida para él y que había fallecido recientemente. Sin embargo, esta petición incluía dos extraños requisitos: por una parte, M...
En julio de 1791 un desconocido vestido de gris tocó a la puerta del domicilio de los Mozart. Representaba a un noble que deseaba encargar un réquiem para una persona muy querida para él y que había fallecido recientemente. Sin embargo, esta petición incluía dos extraños requisitos: por una parte, Mozart nunca debería intentar conocer la identidad del noble que realizaba el encargo; y por otra, el compositor no debía quedarse con ninguna copia de la partitura. La certeza de su próxima muerte provocó en Mozart la creencia de que ese desconocido era un enviado del Más Allá, y que el réquiem que estaba componiendo era el de su propia muerte. Mozart falleció dejando el Réquiem inconcluso y sin saber quiénes eran ni el hombre de gris ni el noble detrás del encargo. Pero en 1839, un anciano director de coro llamado Anton Herzog, que casi cincuenta años antes había dirigido el coro en el estreno del Réquiem, puso por escrito las circunstancias que rodearon el encargo y composición de esta obra, aunque su testimonio fue censurado por la administración imperial y no se pudo publicar hasta el siglo XX. En este breve ensayo nos adentraremos en la identidad del peticionario y la luctuosa pero bella historia que hay detrás de esta missa pro defunctis; veremos cómo diversos compositores tomaron parte en la finalización de la partitura, y cómo Constanze Mozart maniobró para rescatar la propiedad de la obra y publicar finalmente, bajo el nombre de su difunto marido, este Réquiem, sin duda el más asombroso de la historia de la música.
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