Pocas veces el lector de novela negra encontrará tantos ingredientes estimulantes en una historia, con referencias al cine, la música y la literatura, como en Una oración por los condenados. Ambientada en el Madrid de 1961, tiene por protagonista a Rodrigo Arjona, treintañero que viste tejanos, escucha blues y a Johnny Cash, lee libros prohibidos y es uno de los escasos detectives registrados en aquella España aún en blanco y negro. Junto a su amigo Luis Miguel Varela, se han especializado en ayudar a profesionales del cine y el teatro. Así es como se verán implicados en un caso de secuestro y chantaje que tiene como objetivo hundir la producción de Viridiana, una película que supone para los buenos patriotas un desafío a los valores morales y religiosos de la nación.
Ayudados por una periodista y «amiga especial» de Varela, Elena Valcárcel, y por el padrino de este, Dionisio Albajara (a la sazón, Comisario General del Cuerpo Nacional de Policía), los detectives se verán inmersos en una violenta intriga que alcanza a los más altos estamentos del Régimen. Durante esas pesquisas, se cruzarán con un rosario de cadáveres que les guiará hasta un sorprendente robo perpetrado a la Iglesia días antes del golpe del 36.
Con un estilo directo, fluido y rápido, pero preciso e ingenioso, Javier Márquez Sánchez firma una intensa y apasionante novela negra que homenajea abiertamente y con cariño a algunos de los más grandes del cine español: Francisco Rabal, Juan Antonio Bardem y Luis Buñuel (además de sumar unos sorprendentes cameos hollywoodienses). Una obra de ficción sustentada en una meticulosa documentación que nos traslada al Madrid de la época, sumergiéndonos como un personaje más en sus calles, rincones, callejones, despachos, tascas, bares y estudios de cine mientras seguimos una perfecta trama que atrapa sin remisión... ni compasión.