Nueva York nunca fue un lugar fácil para vivir. Una megalópolis abarrotada sin el encanto atemporal de otras ciudades, habitada por trabajadores rudos y a menudo desconsiderados, groseros. Y sin embargo, la suciedad que les rodeaba confería a los neoyorquinos una cierta cualidad esencial: más que re...
Nueva York nunca fue un lugar fácil para vivir. Una megalópolis abarrotada sin el encanto atemporal de otras ciudades, habitada por trabajadores rudos y a menudo desconsiderados, groseros. Y sin embargo, la suciedad que les rodeaba confería a los neoyorquinos una cierta cualidad esencial: más que resignados, parecían esposados a la ciudad a la que pertenecían. Para un verdadero neoyorquino amar y odiar son similares; a mayor padecimiento, mayor pasión. El peligro era palpable, como una corriente eléctrica que se transmitiera de un neoyorquino a otro y los mantuviera conectados, vibrando. Los que habitaron allí, en ese tiempo determinado, ahora lo añoran porque se ha extinguido, ha desaparecido. Nueva York era un estercolero sembrado de virtudes, una ciudad dramática, un aquelarre contemporáneo: como soldados que vuelven del frente, los viejos neoyorquinos nunca estuvieron tan vivos como cuando moraban en el campo de batalla. Y recuerdan, estremecidos, cuando Nueva York era la ciudad más enervante, la más vigorosa del mundo.
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