Los tópicos sobre Rosalía ( 1837 1885 ), tantas veces repetidos, hablan de una mujer melancólica, enfermiza, abandonada por su madre en la infancia, marcada por su condición de hija de sacerdote; una mujer con la cultura justa, ajena a los vaivenes históricos de su época, con una carrera literaria alentada y dirigida por su marido, el historiador Manuel Murguía, sin el que no habría llegado a nada; una hija tardía del romanticismo, una escritora periférica, provinciana, folklórica, costumbrista, dotada de talento para el verso fácil y sentimental; casi un inofensivo ángel del hogar, el ideal victoriano de mujer que Virginia Woolf describe burlonamente en Profesiones para mujeres Como si jugase a ser ese ángel, Rosalía nos salpica en el prólogo de Follas novas / Hojas nuevas con una ácida retranca, defensiva y tremendamente efectiva, cuando se presenta a ella y a su obra no como lo que son, sino como lo que se espera de una escritora de la época: «Nosotras somos arpas de sólo dos cuerdas, la imaginación y el sentimiento: en el eterno panal que trabajamos allá en lo íntimo, solamente se da la miel, más o menos dulce, de más o menos puro olor, pero miel siempre y nada más que miel».