El título de este libro, Los ojos solos de monstruos, está tomado de un verso de Leopoldo María Panero, extraído de su poema «Pavane pour un enfant dèfunt». Dicho texto, aborda imágenes relacionadas con la infancia, la muerte y también, los ojos. Este poemario, le debe mucho a Panero, quien despertó en la autora la necesidad irrefrenable de escribir, esa chispa inicial que alimenta estos escritos. En ellos, el tema de la visión se convierte en una constante que, paradójicamente, la expone a una vulnerabilidad profunda. Así, uno de los versos, dicta: «La luz como primera violación». Y es que la luz es lo primero que nos asalta, el primer contacto que nos atraviesa al nacer. Lo que nos espera al traspasar el canal.
Este poemario está dividido en dos partes: I. Los ojos solos de monstruos y II. Todos mis animales sueñan. A través de una serie de escritos con temáticas diversas, se navega entre lo irreal y lo mágico, que surge dentro de lo onírico, explorando asimismo la corporeidad, desde un prisma intenso y oscuro.
Así, se forja la palabra. Así, se cocina la palabra. Así arde la palabra… Y toman forma las alas del pájaro, rozando la boca, puras y sucias. Toma forma también la larva, el niño gusano, ese embrión que nunca llega a nacer. Estado larvario. Huevo primordial. Lo animal y lo humano convergen en una escritura que es, a ratos, víscera. Casi carne. Por ello, no es casualidad que el poemario inicie con una gestación y concluya con un parto sellado en tánatos: el del propio libro hecho materia. Pero es mejor leerlo y perderse entre sus páginas. Pues no se trata aquí de diseccionar lo escrito… Como la propia autora señala en el último poema-verso:
Cuando intento responder, me responde el ruido.