Este poemario es, en realidad, un largo monólogo en el que el «yo» lírico se dirige al «tú» adolescente, en un ejercicio de reflexión sobre experiencias del pasado que explican el presente, no solo el personal e íntimo, sino también el de toda una generación de mujeres educadas en los colegios religiosos durante la última década del franquismo. Al desconcierto propio de la adolescencia se suma el ángulo gris de la dictadura, que hizo de la educación de las niñas un instrumento de domesticación. La evocación reconstruye los miedos e inseguridades juveniles, la búsqueda existencial y religiosa, la desazón de estar atrapada en un cuerpo inapropiado (Tú escondías tu cuerpo / rollizo como una maldición, un estigma, / una condena), en un lugar inapropiado (el silencio amarillo de todas, aquella / monja adusta, vigilante), en una época inapropiada (creíste que todos los países tenían / su Franco, quizás más joven o más alto / o menos feo). ¿Cómo dar cauce al despertar sexual en un contexto como aquel, en el que el deseo femenino estaba penalizado? Solo la sublimación exime de la culpa del pecado: No, tú no. / Porque tú / leías a Bécquer, tan dulce, tan /sin peligro, incorpóreo, ni muslos / ni pechos ni vulva ni deseos ni / piel erizada… En suma, estos versos recomponen con emoción, pero sin nostalgia, la memoria de una edad y de una época histórica.