No se trata de contar ni de resumir todo lo que pasó en la València cultural de los noventa. Sería tarea imposible. La sucesión de acontecimientos escaparía de un solo relato. Lo que se narra trata de iluminar, desde la perspectiva que da el tiempo, un estruendo artístico de color, música, complicidad, talento y descaro que resonó desde los resquicios del ‘underground’, desdibujando límites y prejuicios entre las artes y agitó, desde la efervescencia, unos años despreocupados y disonantes.
Este estallido, esta confabulación, tiene su arranque a finales de los años ochenta, cuando varios estudiantes de Bellas Artes se unen para tocar en unos conciertos en la Facultad. De esas bandas formadas por afinidades varias, amistosas, estéticas o artísticas, van a nacer unos vínculos que irán atrayendo a otros músicos, artistas, amigos y conocidos que confluirán en una corriente frenética que expandirá creatividad y genio por muchos sótanos, espacios de arte, pisos, bares, garitos y demás recovecos de la ciudad.
Casi treinta años después se divisan a lo lejos destellos desordenados de aquella constelación de nombres que repetidamente aparecían escritos en los carteles, ‘flyers’ y catálogos de exposiciones, así como en los créditos de los discos, de los fanzines, de las revistas… Nombres que reinciden, se alternan y multiplican. Creadores poliédricos –en una época en la que las distintas disciplinas de la cultura estaban segmentadas y apenas se relacionaban entre sí– jugarán a expandir los bordes, a espantar el vértigo, y en ese terreno difuso entre subsuelo e intemperie detonarán fogonazos de lucidez e insolencia.