Entre tantas cosas que pueda ser la poesía, acaso sea una más la particular manera de mirar, y de ver, eso que hemos dado en llamar la realidad; tanto por fuera como por dentro del ojo que la mira y la ve.
En los diversos pasos del teatro, del hacer en el teatro, esa forma de mirar, de ver, de imaginar esa búsqueda para tratar de expresar en lo evidente esa otra cosa un poco más allá, que no tiene aún palabra, ni nombre, ni nada; que surge más o menos elocuente entre las intuiciones y las tentativas; esa construcción de señales, gestos, pausas, respiraciones, silencios y clamores callados, creo yo, que no se puede hacer sin algo o bastante o mucho, de esa alquimia del duende que es la poesía.
No es extraño que la escritura para la escena acabe, o comience, por un aliento que podría ser, antes que nada, o después de todo, un poema.
En fin, la mirada poética, podríamos decir, desvela sobre todo al portador. Así, que con la venia o no de nadie, esta vez presento en estos poemas parlamentos de un personaje ausente/presente como nunca en sus palabras y en el silencio del aire entre ellas mismas.