Una muerte temprana es, siempre y para cualquiera, una mala noticia. ¿Y para el poeta? ¿No deja una muerte precoz todo talento intacto? Sí, pero también toda ambición estéril. En el centenario de su muerte, el poeta José de Ciria y Escalante recibe en su habitación del Palace la ansiada visita del público. Si vienen a celebrarlo, no lo sabe, porque él, cien años después de muerto, aún espera el reconocimiento que cree merecer. Ante esta última oportunidad, Ciria se arma de memoria y de poemas para convencer al público, quizás para convencerse a sí mismo, de que existe un sitio para él en la historia de la poesía española. Sin embargo, se encuentra con dos obstáculos infranqueables, su escasa obra y su muerte temprana, que lo enfrentan sin remedio con la maldición de una fama perdida y una inmortalidad anónima. El poeta, durante esta extraña visita, propone una reflexión típicamente literaria, aquella que confronta las aspiraciones, el talento y la juventud, con los miedos de quien, en palabras de sus célebres amigos en un homenaje póstumo, gozó «de una mente despierta, de una mano delicada, de un corazón generoso».