Tener un padre o una madre que no termina de tenernos a nosotros como hijos es, por decirlo de forma suave, complicado. Que se lo pregunten a Kafka, inspirador principal de este libro, y a tantos otros. Complicado quiere decir que uno tiene que afrontarlo, por coherencia con el ser excluido que es, desde los márgenes de lo emocional, de lo social y del lenguaje. La escritura ayuda a no perderse en ese intento de resignificarse en el mundo, de encontrar el rumbo hacia una tierra sin sombras, sin pesos, sin nostalgias, sin excusas para el sinvivir.
Esta Carta al padre quiere ser una brújula y una razón limpia para seguir navegando sin los dictados conscientes o inconscientes de un padre. No es una liberación ni una venganza, sino una oportunidad para dejar las cosas en su sitio. Con la esperanza secreta de recuperar un vínculo durante muchos años infestado de espinas, Jesús Aguado recorre los laberintos de las relaciones padre-hijo, desbrozando la memoria y rescatando algunas emociones sepultadas. Y es entonces cuando, desde la poesía, se produce el milagro: las herencias familiares van cambiando su signo y la oscuridad transita tímidamente hacia la luz.
“Abro La carta al padre de Jesús Aguado y escucho el silencio de las palabras. El silencio de los gritos, los pensamientos, los sueños. El silencio del miedo: cruel, severo, tenebroso. Oigo también, a lo lejos, el sonido de la felicidad. El silencio de la imaginación. Escucho buenos y malos silencios. No es sencillo transmitir las sensaciones que me ha producido la lectura de unas imágenes tan hondas y poderosas, delicadas y nauseabundas, bellas y atroces, frágiles y transparentes como lágrimas de cristal.” José Antonio Garriga Vela