Las manos de José son cuatro libros, cuatro aproximaciones al eros y el thanatos, al amor y la muerte, desde distintos registros: de lo poético a lo narrativo, de lo trágico a lo épico, del lamento a la celebración. En la confrontación y la aceptación de la ausencia, se enfrenta y se asume una herida que es primordial y constitutiva: la herida que se recibe, tanto como la que se inflige por el acto mismo de la escritura.
Réquiem en Catay es un lloro por los muertos y por las pérdidas, por los caídos de las guerras íntimas y las lejanas; la tumba que se cierra sobre los futuros perdidos desde la soledad radical. El cráneo número cinco conecta con el pasado informe, trazando un puente entre el tiempo del hombre y el de las bestias, entre lo sagrado y lo profano, lo bello y lo monstruoso; las parafilias, la náusea, las mujeres que se quitaron el sombrero desfilan en un baile de máscaras en el que la sumisión cede a la valentía, y la rebeldía irrumpe para salvar el honor. En Me llamo William, las palabras quedan liberadas en un lenguaje nuevo, el creado por William Sidis, el hombre más inteligente y más triste de la Tierra; la incapacidad de amar, la imposibilidad de la piel, el deseo sublimado por una mente brillante, la salvación en la muerte temprana. Las manos de José, en fin, emerge como un canto a la memoria, al amor que (se) transforma y prevalece, a las manos que construyen y acarician, las manos que están antes y después del logos, que son todo cuanto resta, que son mirada y voz.