La copla lleva la sangre del flamenco, entronca con el tremendismo literario, con las pinturas negras de Goya, con la belleza mistérica de Julio Romero de Torres. La copla es Dioniso mismo. Exceso, hipérbole, desmesura, transgresión por necesidad. Euforia, locura, destrucción.
Cantar el fuego establece una secuencia histórica de la copla, desde su origen (en la raíz misma de la zarzuela) hasta la década de los noventa del siglo xx, cuando se cierra su ciclo clásico, para seguir perviviendo en numerosos artistas, desde Pasión Vega, Diana Navarro o Miguel Poveda hasta Rosalía, C. Tangana o Concha Buika. Muchos de los grandes temas ya se cantaban en la República, y antes (Ay, Maricruz, María de la O, Ojos verdes, La bien pagá). La copla fue cultura durante el franquismo, y el Régimen tuvo que transigir con un género que hablaba de perseguidos, putas, de hombres casados que se abrasaban en los brazos de sus amantes, de alcohol como lenitivo del dolor, de secretos, de prófugos, de inmigrantes, de amores dobles y juramentos envilecidos. Esther Peñas nos relata cómo la copla sirvió al bando vencido para hacer el duelo, propone dos estirpes en el modo de interpretarla (la de Concha Piquer, la de Juana Reina), recala en la importancia de los compositores, de los que apenas se nos dio cuenta, recoge cómo sonaron en películas de Orson Wells o Pasolini o en Radio Pirenaica...
La copla tiene esa irracionalidad romántica y ese desvarío irrefrenable del amor fou que conducen indefectiblemente al abismo. De los celos. Del amor no correspondido. De la traición. Del engaño. Del abandono. De la encrucijada entre amores opuestos. De la imposibilidad. La copla cuenta una historia y provoca una conmoción en quien la escucha. Son llamas en las que consumirnos. O nos quemamos en nuestra angustia o ardemos en ellas como un bosque que al arder se regenera.