Pocas ciudades habrán mostrado tanta indiferencia hacia el destino de su montaña como la de Oviedo al del Naranco. El aspecto ruinoso del monte hasta la década del 60 del siglo xx era solamente de superficie y tenía remedio. El de hoy, a primera vista más aseado, oculta los males que lo aniquilarán. La pequeña sierra de Oviedo, entregada a la destrucción física, el pillaje y el abandono, fue durante siglos una tierra habitada, cultivada y cruzada por caminos multiseculares. En este territorio relativamente pequeño se desarrollaban actividades agrícolas, mineras, forestales y extractivas; y una más, el turismo. Desde los primeros visitantes del siglo xvi hasta el de masas de nuestros días, esta actividad abrió el camino a la sierra y la situó, primero poco a poco y luego de golpe y tal vez sobredimensionada, ante los ojos de los vecinos de Oviedo, algo que continúa hasta el día de hoy, en que la visita a los Monumentos de Naranco es obligada.
En este primer volumen (de los tres que componen esta obra), se expone la formación de la idea del Naranco desde las décadas finales del siglo xix hasta la cuarta del siglo xx, la construcción de la carretera nacional hasta las iglesias ramirenses, concluida en 1925, la prolongación de la carretera hasta el alto de la sierra, terminada en 1932 y la celebración de la Jira en la cumbre desde 1929 hasta 1936.
La última parte de este volumen trata del excursionismo, el general en el concejo, el concreto al Naranco, y el de baños fluviales en el río Nora hasta la década de 1960, cuando la contaminación del río terminó para siempre con una tradición documentada ya en el siglo xviii.