La política no es, quizá, el resultado de una inmaculada voluntad de asociación. En la tradición Occidental, la política nació y se formó en la Grecia antigua, entre los siglos VIII a.C. y V. a.C. Es decir, entre el siglo de Homero y las colonizaciones y la revolución democrática del 506 a.C. De los griegos hemos recibido, justamente, una forma ideal de organización social, la polis, con su ágora y sus instituciones, emblema de una vida civilizada y deseable. Sin embargo, las condiciones que dieron pie al surgimiento de esta forma histórica concreta pasan, a menudo, desapercibidas. La política adquiere entonces el valor de lo evidente. Este trabajo pretende problematizar esta evidencia y poner de relieve los supuestos que se esconden tras ella, apuntando a una crítica de la política más amplia. Del botín que enfrenta a Agamenón y Aquiles, a la jarra que Pandora abre en un acto de despilfarro, del rapto de las ninfas a los mitos de fundación áticos, vemos perfilarse los contornos de un mismo proceso de recomposición económica, demográfica y territorial. La polis se yergue estable frente a un exterior errático que menosprecia, poblado por pastores, migrantes y otros seres de dudosa procedencia. El «animal político» adquiere su forma, precisamente, contra esa movilidad libre que atribuye a los monstruos y a los dioses, pero que se empeña en mantener a distancia, protegido en el interior de una ciudad amurallada.